Por Juan Larrosa, 18 de mayo de 2026
Por lo general, se piensa que la única función de los medios de comunicación es informar; bajo esta perspectiva, su trabajo se enfoca en la producción de información periodística sobre hechos de trascendencia pública. Sin embargo, los medios también cumplen otras funciones. Una de ellas, que llamamos arenas de comunicación política, refiere a un espacio mediático de contestación y disputa que permite la interacción entre gobiernos y élites políticas, mientras la ciudadanía observa como espectadora, igual que en una arena de box o de lucha libre. La relación entre los gobiernos de México y Estados Unidos, que se ha tensado fuertemente en las últimas semanas, da cuenta de esta forma de operación de los medios.
Desde que comenzó 2026, la ilegal extracción de Nicolás Maduro de Venezuela mandó señales ominosas a varios países de América Latina. En aquella coyuntura hablaba de cómo la acción misma de intervenir en Venezuela se convirtió en un acto de propaganda que buscó alinear los intereses de Estados Unidos con el resto de la región. Desde entonces, se ha desencadenado una fuerte presión contra Colombia, Cuba y México, tres países que, ciertamente, tienen fuertes problemas de seguridad y narcotráfico, pero que, al mismo tiempo, poseen gobiernos que van a contracorriente del movimiento MAGA y de su rumbo conservador.
Y aquí es donde entra el papel de los medios. Los presidentes Trump y Sheinbaum, diplomáticamente, dicen que existe una excelente relación entre sus países. Sin embargo, ambos construyen un sistema de comunicación en el que utilizan sus intervenciones públicas para enviarse mensajes entre sí. Trump, a las puertas de su avión presidencial, lanza un comentario mordaz o violento contra México y, horas más tarde, la presidenta responde durante una gira por el país. Al día siguiente, en su conferencia matutina, Sheinbaum habla de no intervencionismo y luego Trump responde con su ya clásica y misógina interpretación de la presidenta para decir que, si México no puede resolver sus problemas, Estados Unidos entrará a solucionarlos. Los medios acortan tiempos y espacios, ponen frente a frente a ambos mandatarios y los colocan en esa arena de comunicación política.
En México, la presión ha arreciado en las últimas semanas. Los tiempos políticos son elocuentes. Hoy amanecemos con la noticia de que Trump tiene apenas 34 % de aprobación debido, entre otras cosas, a los resultados de la guerra contra Irán y al incremento de la inflación. En este contexto, el gobierno de Estados Unidos ha acelerado la presión sobre México en torno al tema de la seguridad y el combate al narcotráfico. En semanas recientes acusó públicamente al ahora gobernador con licencia de Sinaloa y a una decena más de funcionarios. Las pruebas de todo esto se han ido filtrando, por goteo, en distintos medios y plataformas. Además, CNN y The New York Times difundieron información sobre la presunta participación de agentes de la CIA en el asesinato de un capo criminal.
Estos elementos muestran otra forma de operación mediática: aquella en la que se suministra información pública, sin duda relevante, pero que surge del interés de uno de los luchadores en la arena por dañar a su adversario. La ética de las empresas mediáticas y de los periodistas pasa por ponderar el bien mayor para el público en términos informativos. Sin embargo, en una disputa política de las dimensiones descritas, todo parece valer.
La corrupción en gobiernos de MORENA y sus vínculos con el narcotráfico son innegables. Sin embargo, para una lectura más sofisticada de la coyuntura, no basta con pensar todo exclusivamente desde esa perspectiva. Quien observe únicamente un proceso de procuración e impartición de justicia en el marco de la guerra contra las drogas, y no un complejo proceso de distribución de poder en el que los medios también operan como actores políticos, estará perdiendo una parte importante del filo analítico.
Este texto fue leído originalmente en el Informativo NTR Radio, transmitido el 18 de mayo de 2026 y conducido por la periodista Sonia Serrano.