Por Juan Larrosa, 4 de mayo de 2026
El 30 de noviembre de 2022, una buena parte de la humanidad tuvo conocimiento, por primera vez, de lo que significa la inteligencia artificial generativa. Ese día fue el lanzamiento masivo de ChatGPT, que, si bien ya existía desde 2018, no fue sino hasta esa fecha cuando comenzó a popularizarse en masa. Después vinieron otros sistemas como Gemini, DeepSeek, Anthropic y muchos más. Desde entonces, la conversación pública y la imaginación colectiva han estado capturadas por la idea de un futuro inmerso en esta tecnología.
Como muchas otras, esta tecnología es una herramienta que ayuda en la realización de infinidad de tareas humanas. Con ella es posible hacer cálculos más rápidos, lo cual ha exponenciado la velocidad con la que se desarrollan investigaciones médicas alrededor del mundo. En los despachos jurídicos, estas herramientas se han convertido en lectoras voraces de documentos legales. En las empresas tecnológicas, las máquinas están programando a todo galope, dejando atrás a algunos de los ingenieros más avezados en esta tarea.
En este breve prontuario de formas en las que esta tecnología ha cambiado el hacer humano, sobresale algo relevante: el tiempo. En todas estas actividades, oficios y trabajos, se abre la posibilidad de hacer las cosas con mayor rapidez. Hace apenas unas décadas, si surgía una duda, había que consultar el diccionario o la enciclopedia, lo que implicaba ir al librero o a la biblioteca, extraer un libro, buscar una entrada y realizar una lectura amplia para encontrar la información. Hace veinte años, Google y luego Wikipedia redujeron ese tiempo, pero aún era necesario hacer una búsqueda que podía demandar varios minutos. Hoy basta con tomar el teléfono móvil y formular una pregunta a un chat.
En la mente de los creadores de la IA generativa, de corte filotecnológico, se proyecta un futuro en el que los seres humanos podamos hacer las cosas más rápido y, más aún, delegar el trabajo en las máquinas mientras nos dedicamos al ocio y la contemplación. No suena mal en un momento de la historia en el que el famoso burnout y la adicción al trabajo pululan en cualquier centro laboral (aunque, seamos sinceros, esto va en contra de la inercia capitalista, que es el motor de este nuevo movimiento tecnológico).
No obstante, en la historia de la tecnología, este tipo de utopías ha sido poco afortunado. Basta recordar las promesas rotas de apertura, transparencia y democratización que acompañaron los inicios de internet y, más tarde, de la web 2.0.
En esa vena escéptica, me pregunto si habrá un límite en la capacidad del cerebro humano para procesar información a velocidades cada vez mayores y, al mismo tiempo, en la dependencia que genera tener respuestas instantáneas. Es un alivio saber que una máquina puede redactar con rapidez los correos electrónicos que antes escribíamos; sin embargo, se nos olvida que todos tienen acceso a la misma herramienta y que el tiempo que nos ahorra es directamente proporcional al aumento en la cantidad de correos que se producen gracias a ella. Así como ocurre con el correo, sucede en muchos otros ámbitos: hay una sobresaturación de información que nuestros cerebros apenas son capaces de procesar.
Termino con el tema que habitualmente abordo en este espacio: la política. ¿Cómo será un mundo en el que grandes volúmenes de información son procesados automáticamente? ¿En qué momento intervendrán los cerebros humanos para tomar decisiones sobre cómo repartir recursos escasos o cómo administrar el uso de la fuerza? ¿Habrá capacidad cognitiva para asumir estas decisiones? En los procesos electorales y en las guerras recientes, por mencionar dos ámbitos centrales de nuestras sociedades, se observa mucha inteligencia artificial y poca humanidad.
Este texto fue leído originalmente en el Informativo NTR Radio, transmitido el 4 de mayo de 2026 y conducido por la periodista Sonia Serrano.