A un mes del #22F aún quedan muchos hilos que seguir y veredas que analizar. En esta columna seguimos abordando el caso desde una perspectiva comunicativa.
En ETIUS, el observatorio de comunicación y cultura del ITESO, hemos estado revisando las portadas de periódicos en distintos países durante los días posteriores a la detención. Este tipo de análisis permite observar el impacto que una noticia tiene en la prensa internacional y, sobre todo, qué elementos se vuelven visibles en la circulación global de la información.

Lo primero que encontramos es que la detención —y especialmente la reacción violenta del cártel— se convirtió en una noticia central en los medios de diversos países por la espectacularidad de las imágenes que surgieron a partir de la detención y de los enfrentamientos entre el Ejército y los cárteles, así como por la relevancia del líder criminal.

Por ejemplo, el diario Clarín de Argentina tituló: “El ejército de México eliminó a un narco y desata furiosa reacción de los cárteles”, acompañado por la imagen de un camión incendiado y, en un recuadro, la fotografía del capo. En Estados Unidos, The Washington Post destacó la operación militar con la imagen de un soldado armado frente a un automóvil quemado, mientras que Los Angeles Times subrayó las muertes derivadas de los ataques del cártel, también con escenas de destrucción.
Un elemento clave es que esta coyuntura ocurre en un momento de alta presión de Donald Trump hacia México y América Latina en el campo del narcotráfico. Varios periódicos destacan que la detención ocurrió gracias a la información generada por cuerpos de inteligencia de Estados Unidos y el trabajo operativo en campo del Ejército Mexicano.
Todo lo anterior se condensa en patrones visuales muy claros. Por un lado, aparece de forma recurrente el rostro de del capo detenido, esa imagen única que circula ampliamente y que en los periódicos se colocó en pequeños recuadros. Por otro, dominan las imágenes del caos: camiones y automóviles incendiados, carreteras bloqueadas y la presencia militar.

Además de que estos hechos llamaron la atención de los medios internacionales por los altos niveles de violencia que se viven en México, esta cobertura se vinculó con otro tema: el hecho de que el país será coanfitrión del Mundial de futbol en un par de meses.
No es la primera vez que México enfrenta tensiones de este tipo. En 1968, meses antes de los Juegos Olímpicos, ocurrió la matanza de Tlatelolco. Y en 1986, el Mundial se celebró poco después del devastador terremoto de 1985 y de la incompetente gestión de la tragedia por parte del gobierno federal. En ambos casos, se echaron a andar distintas estrategias comunicativas y diplomáticas para atenuar la imagen negativa que se creó del país frente a las actuaciones gubernamentales.
Hoy el contexto geopolítico es distinto y estamos ante otro tipo de coyuntura: no es un ejército que mata a estudiantes, ni un gobierno inepto que intenta ocultar su incapacidad tras un desastre como el temblor del 85. Ahora estamos en un momento en el que los gobiernos se ven disminuidos e incapaces frente a la violencia y el poder del crimen organizado.
No estoy seguro de que un buen “control de daños” —como llaman los especialistas a las estrategias para reposicionar la imagen de un país— y campañas de publicidad sean suficientes para salir de esta tremenda coyuntura y modificar la “imagen” del país. Aunque difícilmente se dará marcha atrás, la pregunta incómoda es si realmente es pertinente celebrar un Mundial en medio de la fragilidad de la seguridad pública en México.
En los días subsiguientes del #22F las imágenes de autobuses quemándose en México le dieron la vuelta al mundo.
El golpe, en términos visuales, es durísimo. El riesgo en seguridad pública es alto.
Este texto fue leído originalmente en el Informativo NTR Radio, transmitido el 23 de marzo de 2026 y conducido por la periodista Sonia Serrano.