Por Juan Larrosa, 12 de enero de 2026
Aunque han pasado varios días desde la incursión militar de Estados Unidos en Venezuela, el tema sigue ocupando los primeros lugares de la conversación pública. Al respecto surgen muchas preguntas que deben responderse. Una de ellas remite a los motivos: ¿por qué Trump decidió atacar a un país latinoamericano y extraer a su presidente, devenido en dictador? ¿Por qué decidió, como en una saga de Batman, ignorar leyes y tratados internacionales para cumplir su cometido?
Existen muchas respuestas posibles. La primera, cándida e ingenua, señala que el objetivo era salvar a los venezolanos y liberarlos del dictador. Otra es la narrativa según la cual Venezuela es un país que ha exportado grandes cantidades de drogas a Estados Unidos y que eso justificaría la acción. Una más refiere a la necesidad de Estados Unidos de controlar las reservas petroleras de Venezuela, una de las más grandes del mundo.
Muy pronto, en una rueda de prensa, Trump se encargó de esclarecer algunas respuestas, pero también de enturbiar el ambiente con declaraciones ambiguas. En sus dichos, la democracia y el narcotráfico se desvanecieron y, sin pudor alguno, afirmó que el mayor interés estaba en la extracción de hidrocarburos. Esto —señalaron algunos analistas— va dando forma a la llamada doctrina Donroe y a un reordenamiento del mundo en áreas de influencia, en el que Estados Unidos se arroga el derecho de controlar a su antojo todo el continente americano.
Pero hay otras explicaciones. Una de ellas —que no necesariamente antagoniza con las anteriores— se sitúa en el terreno de la comunicación y la propaganda. En días recientes ha cobrado fuerza la interpretación, difundida por algunos medios estadounidenses, de que la incursión en Venezuela fue un acto de propaganda: propaganda through force. El operativo militar fue precedido por semanas en las que se volvieron virales videos de drones y de misiles estadounidenses atacando lanchas en el Pacífico y en el Caribe. Después, durante la operación en Venezuela, hubo un gran cuidado en presentar un ataque perfecto —pactado, dicen algunos—. También vimos la clásica imagen del presidente en la situation room dirigiendo el ataque. Todo esto devino en pietaje para televisión y en reels diseñados para circular en plataformas digitales.
Por lo general, la propaganda se entiende únicamente en su plano simbólico: discursos, narrativas e historias producidas desde el poder político para generar consensos en torno a una idea y persuadir a la población para apoyar acciones como una incursión militar. Sin embargo, la comunicación —incluida la comunicación política— también tiene un carácter performativo. En este caso, esto significa que la acción misma es el mensaje propagandístico. Y en este mundo, el presidente de Estados Unidos, antes celebridad y participante en programas de televisión, se mueve como pez en el agua.
¿Qué buscó Estados Unidos con su operación militar en Venezuela? Además de las explicaciones ya mencionadas, el objetivo fue demostrar su poderío militar y comunicar que el Tío Sam ha regresado para reclamar América Latina como su área de influencia. La acción es la propaganda. Y esta no es una idea nueva. Para muestra, un botón: ya en el siglo XVI, Maquiavelo señalaba cómo la crueldad y las acciones violentas podían producir un golpe de efecto en la opinión pública. Lo hizo al narrar cómo Cesare Borgia, hijo del papa Alejandro VI, decidió exhibir el cuerpo de uno de sus subalternos más crueles en una plaza pública de Cesena para comunicar su poder. No dio un discurso ni emitió un comunicado; actuó. Y esa actuación transmitió con claridad el mensaje que quería transmitir a la población.
Este texto fue leído originalmente en Informativo NTR Radio transmitido el 12 de enero de 2026 y conducido por la periodista Sonia Serrano.