Por Juan Larrosa, 23 de febrero de 2026
Hoy tenía pensado hablar del sarampión. Sin embargo, resulta imposible no voltear la mirada a lo ocurrido en las últimas 48 horas en el país tras la detención de “El Mencho”, líder del cártel Jalisco Nueva Generación, una de las organizaciones criminales más poderosas de México y del mundo.
La captura ocurrió en Tapalpa, una población serrana a poco más de 130 kilómetros de Guadalajara. Pero su impacto fue nacional. La reacción del cártel incluyó bloqueos carreteros, quemas de vehículos, ataques a las fuerzas de seguridad y saqueos en más de veinte estados del país. En Guadalajara, muchas personas permanecimos resguardadas en casa, en una especie de estado de sitio de facto, algo que solo habíamos vivido en situaciones extraordinarias como la pandemia.
Este episodio puede analizarse desde múltiples perspectivas. Yo quisiera abordarlo desde una pregunta central: ¿qué nos dice esto sobre el poder?
Desde la sociología clásica, el poder es la capacidad que un actor —individual o colectivo— tiene de influir en las decisiones y en la vida de otros. Max Weber planteaba que el Estado es quien detenta el monopolio legítimo de la violencia: es decir, como sociedad pactamos que solo el Estado puede ejercer la fuerza física para mantener el orden comunitario.
Lo que vimos estos días cuestiona esa idea. La reacción del cártel mostró que el Estado mexicano no ejerce un monopolio pleno de la violencia. Más bien parece que está intentando restablecerlo. La captura del líder criminal puede leerse como una demostración de la fuerza estatal. Pero la respuesta coordinada y violenta del cártel también mostró su capacidad de desestabilización territorial y nacional.
Aquí aparece una segunda dimensión del poder: no solo la física, sino también la simbólica.
La violencia desplegada no tuvo únicamente como objetivo táctico contra las fuerzas de seguridad. Tuvo también un objetivo comunicativo. Los bloqueos, los incendios y la expansión geográfica del caos operan como mensajes. Buscan sembrar terror en la población, demostrar su capacidad de acción y disuadir tanto a las autoridades como a la sociedad de confrontarlos. Es, en ese sentido, una forma de comunicación propagandística y estratégica.
Los cárteles han refinado esta dimensión simbólica. No se trata solo de controlar territorios, sino de controlar significados. De mostrar poder. De hacer visible su capacidad de desorden y de descontrol. Y esto tiene consecuencias directas en la percepción de inseguridad. Si hace dos semanas hablábamos de cómo la percepción no disminuye al ritmo de los homicidios, episodios como este ayudan a entender por qué. Las imágenes de carreteras bloqueadas y ciudades paralizadas reconfiguran el sentido de seguridad cotidiana.
Este momento también nos deja una inquietud más profunda. Quizá nuestras herramientas teóricas tradicionales resultan insuficientes. La idea clásica del Estado con monopolio de la violencia parece menos clara en contextos donde los conflictos no son entre países, sino disputas internas por territorios, economías ilegales y control simbólico.
Estamos ante escenarios donde el poder es simultáneamente físico y comunicativo. Violento y performativo. Territorial y mediático. Comprender lo que vivimos exige matizar nuestras categorías y repensar qué significa realmente “monopolio de la fuerza” en democracias con déficits institucionales.
Esta es una colaboración de Juan Larrosa para el Informativo NTR. Si desean leer este texto en su versión escrita, los invito a visitar mi página web: juan guion medio larrosa punto com. Hasta la próxima.