Bad Bunny en el Súper Tazón

Por Juan Larrosa (9 de febrero de 2026) 

El espectáculo del medio tiempo del Súper Bowl se ha convertido, a lo largo de los años, en un espacio polémico de manifestaciones políticas, altamente contradictorio y en el que pareciera que hay mucho en juego. Esta dinámica —que pudo apreciarse ayer con la actuación de Bad Bunny— también se reproduce en la entrega de los Óscar, los Grammy o los Globos de Oro. La pregunta que surge es: ¿qué está realmente en juego políticamente en estas coyunturas?

Como punto de partida, habría que señalar que estos espectáculos se inscriben en lo que, hace ya varios años, los investigadores Dayan y Katz denominaron eventos mediáticos. Estos eventos tienen varias características: están cuidadosamente diseñados —nada es espontáneo—, pensados específicamente para su difusión en medios de comunicación y plataformas digitales, y transmitidos en vivo. Además, rompen con la rutina cotidiana, como ocurre cuando familias enteras dedican una tarde de domingo a ver el Súper Bowl, y poseen un claro componente ritual y dramatúrgico. 

En la teoría original de los media events, elaborada para interpretar momentos propios de la comunicación masiva —pero todavía útil en tiempos de plataformización—, se plantea que este componente ritual cumple funciones sociales específicas, entre ellas operar como rito de paso ante cambios sociales importantes. En años recientes, el Súper Bowl y su espectáculo de medio tiempo han funcionado como un espacio de contrapoder frente al viraje reaccionario hacia valores conservadores en Estados Unidos. Esto no deja de ser irónico y paradójico, pues la NFL, en general, es una liga conservadora y dedicada a hacer dinero, donde lo político suele generar incomodidad. 

La presentación de Bad Bunny incluyó una crítica clara a la política dominante en Estados Unidos. Desde que se anunció su participación, se generó una fuerte polémica entre el movimiento MAGA y quienes apoyaban la decisión. El espectáculo escenificó valores de multiculturalismo, diversidad y cosmopolitismo, precisamente aquellos contra los que Trump combatió y que, en parte, lo llevaron al poder. Aparecieron imágenes del Puerto Rico rural, los apagones eléctricos, pieles morenas y ritmos de baile latino; Lady Gaga interpretando una canción con ritmo de salsa; y Ricky Martin cantando una de las estrofas más políticas del más reciente disco de Bad Bunny “Quieren quitarme el río y también la playa; Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya; No, no suelte’ la bandera ni olvide’ el lelolai; Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái”. Al final, el cantante cerró con la frase “God Bless America” y luego enumeró a todos los países del continente, recuperando la idea de América como región, no como país. 

Para Estados Unidos, el espectáculo pudo funcionar como un rito para hacer visibles las profundas divisiones que se viven en su interior y para generar esos ritos de disputa y transición de los que habla la teoría de los eventos mediáticos. Pero el Súper Bowl es, al mismo tiempo, un evento global: desde ahí presenciamos una parte de la guerra cultural que hoy está redefiniendo el panorama político mundial. 

Al mismo tiempo, no podemos ser ingenuos. Todo lo anterior es posible gracias a una liga deportiva enfocada en amasar grandes cantidades de dinero, cuyos recursos y ganancias podrían destinarse a resolver problemas educativos y de salud dentro del propio Estados Unidos. Se trata de un evento hipercomercial que busca vender cervezas y alitas, pick-ups y productos contra la calvicie. Es un evento que, una vez concluido, se disuelve en la cotidianidad: la gente apaga el televisor o la pantalla y continúa con su vida cotidiana. 

Este texto fue leído originalmente en el Informativo NTR Radio, transmitido el 9 de febrero de 2026 y conducido por la periodista Sonia Serrano.

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