Por Juan Larrosa, 21 de julio de 2025
Nací a finales de los setenta y crecí en el México del temblor y la devaluación de 1985, el Mundial de futbol de 1986 y el apagón del sistema que llevó a Carlos Salinas de Gortari a ser presidente en 1988. Eso me hace pertenecer a la generación X, que vivió la adolescencia en la última década del siglo y los tumultuosos años noventa, cuando —de forma emblemática— el primero de enero de 1994 entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio y, ese mismísimo día, se levantaban en armas los zapatistas en Chiapas, en el sur del país. Después vinieron los magnicidios políticos, la crisis económica con todo y su efecto tequila, y una larga transición democrática que, desde mi análisis, fue más bien una transición de partidos políticos.
En esos años noventa, en el plano meso, ahí donde ocurre y se desarrolla lo social, comenzaron a configurarse formaciones discursivas que poco a poco irían moldeando nuestra vida cotidiana. En los colegios privados de clase media el bilingüismo pasó a ser la piedra de toque para valorar la educación: había que hablar inglés como nativos para tener futuro en un mundo en el que México tenía que mirar hacia el norte. En la academia y en espacios profesionales se popularizó la idea de que México estaba, geográficamente, en Norteamérica y no en América Central. En Nexos y Letras Libres leíamos que era inevitable la integración del país con Estados Unidos, y en el supermercado aparecieron infinidad de productos que antes solo se conseguían en la fayuca. Se puso de moda en la academia hablar de la globalización y de las culturas híbridas, del multiculturalismo y del cosmopolitismo. Aunque, de facto, seguíamos siendo el patio trasero de Estados Unidos, había un discurso de la inevitabilidad de esa integración regional.
A finales de los noventa y en los primeros años del nuevo milenio, entré a la universidad y ahí pude encontrar ideas críticas en torno a la nueva realidad. Me enteré del Foro Social Mundial, conocí la emergencia de los observatorios de medios y seguí de cerca las manifestaciones altermundistas en contra, entre otros, de la Organización Mundial del Comercio. Viajé a comunidades en Chiapas y estudié algunas de las formas de organización que en ese momento propusieron. En el sur de Jalisco colaboré con comunidades eclesiales de base que se organizaban como observadores electorales y en contra de grandes empresas que llegaron, luego del TLC, a rentar tierras para sembrar frutas y vegetales de exportación. Fuimos observadores de los corredores de migrantes que se formaron en esa región de Jalisco y que vivían ahí temporalmente para sembrar, en condiciones inhumanas que rememoraban al México prerrevolucionario.
A treinta años de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio, la integración económica se desmorona, y todos los discursos que se construyeron en torno a ella también se desgajan hacia el despeñadero histórico. Es desconcertante observar el entorno. La fórmula económica fue útil para crear una región comercial, pero no trajo bienestar ni prosperidad para los muchos. En México se siguió construyendo un país altamente desigual, con una gran concentración de capital en unos pocos. Pero también fue pernicioso para otros sectores sociales, especialmente en Estados Unidos. Aunque no todo puede achacarse al tratado, las políticas económicas pauperizaron a la clase trabajadora de ese país, la despojaron de cierto bienestar y estabilidad económica que, junto con profundas transformaciones culturales, se convirtieron en el caldo de cultivo de los movimientos reaccionarios de derecha que llevaron a Trump al poder.
Los nuevos vientos políticos en Estados Unidos muestran que el camino ya no será el libre comercio ni la integración regional: cada vez queda más claro que el muro, su límite, está en el Río Bravo. Mientras tanto, en México, un gobierno que se dice de izquierda busca mantener ese tratado que sostiene los números negros de la macroeconomía, pero que trajo consigo una gran desigualdad.
El escenario es desconcertante porque, luego de una vida estructurada por los discursos neoliberales e integracionistas, los pactos políticos y económicos han sido erosionados y están en vías de disolverse, en una serie de deliberaciones en las que los ciudadanos de a pie no tenemos voz, mucho menos voto.
Pienso entonces, retomando lo vivido, que más nos valdría comenzar a hacer un camino autónomo, independiente. Ese camino tal vez no lo veremos nosotros, pero sí nuestros hijos. Sería, por el contrario, un desperdicio histórico volver a plegarnos a lo que otros, en otras geografías, decidan por nosotros.
Este texto fue leído originalmente en el noticiario de NTR Radio transmitido el 21 de julio de 2025 y conducido por el periodista Sergio René de Dios Corona.